Trisomía en el 21

Se te ha roto y quieres reparar el móvil. Pero, como no ibas a comportarte de forma lógica porque eso sería mucho pedir, lo quieres reparar en un sitio diferente al que lo has comprado. Podría ser, pero en este caso no funciona así.

Entonces, decides aprovechar que estás ahí para realizar una recarga a tu cochambrosa línea de teléfono prepago. Das el número, te intentan hacer la recarga y falla. Vuelves a dar el número, comprueban que ha sido introducido correctamente y sigue fallando. Te preguntan si tu línea de prepago pertenece al operador de la tienda en la que te están atendiendo. Te paras a pensar (como si hubiera algo que pensar) y te das cuenta de que no, no perteneces a ese operador.

Deberías averiguar urgentemente el grado de parentesco que tienen tus padres, puesto que tu nivel de retraso mental indica que son, como mínimo, primos.

Y pasa a diario.

Es como intentar abrir la casa del vecino con la llave de la tuya. Llevar tu coche al taller de otra marca a que te hagan la revisión. Ir a comprar pescado a la carnicería. Ir a empadronarte al ayuntamiento de otra localidad. O devolver una prenda de Mango en Zara…

Y lo peor de todo, es que todo eso habrá pasado alguna vez. El cliente, ni tiene razón, ni la tendrá nunca. Porque no se puede tener razón con una ignorancia más grande que toda Europa.

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