Decisión sin decidir

El último grito de la moda está a punto de salir. Se trata de un lujoso bolso de la famosísima Africa Wang, y se les ha ocurrido ponerlo en pre-reserva.

Trabajas en la super boutique más chic de toda la marca. Es una tienda que parece más bien un museo y donde no entra gente sin dientes.

Le toca el turno a la siguiente persona y te acercas a atender. Quiere reservar, de forma anticipada y sin conocer su precio, el famoso bolso que probablemente ha visto anunciado ya por todos los medios habidos y por haber.

Para tomar la reserva debes anotar algunos detalles sin importancia como el modelo (el AWWA es más pequeño que el AWWA+) y el acabado del lujosísimo bolso a reservar.

Pero el cliente no sabe la diferencia entre los dos modelos de bolso ni el acabado que quiere.

O sea, quiere reservar algo que no sabe exactamente cómo es ni en qué acabado.

Pues lo mismo, pero con móviles.

Trisomía en el 21

Se te ha roto y quieres reparar el móvil. Pero, como no ibas a comportarte de forma lógica porque eso sería mucho pedir, lo quieres reparar en un sitio diferente al que lo has comprado. Podría ser, pero en este caso no funciona así.

Entonces, decides aprovechar que estás ahí para realizar una recarga a tu cochambrosa línea de teléfono prepago. Das el número, te intentan hacer la recarga y falla. Vuelves a dar el número, comprueban que ha sido introducido correctamente y sigue fallando. Te preguntan si tu línea de prepago pertenece al operador de la tienda en la que te están atendiendo. Te paras a pensar (como si hubiera algo que pensar) y te das cuenta de que no, no perteneces a ese operador.

Deberías averiguar urgentemente el grado de parentesco que tienen tus padres, puesto que tu nivel de retraso mental indica que son, como mínimo, primos.

Y pasa a diario.

Es como intentar abrir la casa del vecino con la llave de la tuya. Llevar tu coche al taller de otra marca a que te hagan la revisión. Ir a comprar pescado a la carnicería. Ir a empadronarte al ayuntamiento de otra localidad. O devolver una prenda de Mango en Zara…

Y lo peor de todo, es que todo eso habrá pasado alguna vez. El cliente, ni tiene razón, ni la tendrá nunca. Porque no se puede tener razón con una ignorancia más grande que toda Europa.

El regalo es lo de menos

Siempre tuviste amigos.

Pero no.

Al único cumpleaños al que te invitaron no pudiste ir. Por pobre.

¿Cómo te ibas a presentar en aquel cumpleaños sin un regalo entre las manos? A parte de ser cruelmente destrozado por los comentarios del resto, no te volverían a invitar en la vida.

¿Para qué te van a invitar si no vas a llevar regalo? Los cumpleaños cuestan dinero y no es más que un enorme paripé para recibir regalos sin motivo alguno.

¿Recibir regalos por estar un año más cerca de la muerte? ¿Qué es? ¿Algún tipo de consuelo?

No está claro, pero es una convención social y el regalo es ineludible.

Así que no fuiste y no te invitaron nunca más.

Ni a cumpleaños ni a nada. Vivir en un barrio diferente y no tener ni una peseta para salir a tomar algo matan la vida social de cualquiera.

Y como para celebrar el tuyo.

Pero no pasa nada, el regalo es lo de menos.

Ni lees ni pagas

Una receta de cocina es una serie de pasos a seguir con unos ingredientes determinados para conseguir un resultado, que es el plato que pretendes cocinar.

Si no sabes preparar un plato buscas la receta, la lees, sigues los pasos y obtienes un resultado.

Pues imagínate que tu smartphone y su jodido WhatsApp de mierda o cualquier otra app es una receta de cocina. Tienes que leer para obtener resultados.

Pero no lees.

Nunca.

Y vas a la tienda de móviles de tu barrio y le preguntas a los que están ahí que qué tienes que hacer ahora para que ese mensaje que te ha aparecido en forma de notificación desaparezca.

¿Y qué esperas?

Pues que te lo resuelvan todo. Y gratis.

Y no.

Y claro, te enfadas. ¿Cómo es posible que las tiendas de tu operador de móvil no te quieran ayudar a quitar ese odioso mensaje? Es más, te quieren cobrar.

Pues resulta que para quitar ese mensaje no hacía falta que madrugaras como gilipollas y salieras de tu apestosa casa para ir a tocar los cojones a una tienda. Con solo leer lo que te decía el mensaje y seguir sus pasos, lo habrías logrado desde el sofá de tu casa.

Y es que quienes trabajan en tu tienda más cercana no te quieren cobrar por quitar el mensaje. Te quieren cobrar porque ni lees ni pagas.

O eres subnormal o tienes más cara que pereza. Por eso te cobran.

Y se te ocurre amenazarles con que te cambias de operador.

Cariño, cámbiate ya.

¿Y a ti qué coño te importa?

Cuando ocurre el espeluznante momento en que te preocupa la procedencia de otra persona, lo peor que te puede pasar es mostrarle al mundo tu mala educación y poca vida al preguntarle a alguien que no conoces de dónde es.

A parte de inmiscuir, es una falta de respeto pretender obtener información privada requerida innecesariamente. Si me dices que debes facilitar esa información por un bien mayor, pues te entra la duda, pero obtienes algo a cambio. Pero, ¿publicitar información personal de forma gratuita? Te drogas muy fuerte.

Si por un momento te parases a pensar en que le puedes estar preguntando la procedencia a una persona que bien podría no saberlo por no conocer a sus padres biológicos. O peor aún, preguntándole a alguien que ya ha perdido a sus padres.

Es un tema familiar, por lo que puede tratarse de un asunto delicado y profundamente vinculado a las emociones de la persona que estás acosando. Porque sí, es un acoso entrometerte en la vida privada de una persona desconocida.

No es tu puto problema de dónde sea la persona que tienes delante. Ni forma parte de tu vida ni influye en ella su origen.

Es asquerosamente ridículo preguntarle a alguien de dónde es. Es algo privado y personal. Como si le preguntases a la gente si su familia llega a fin de mes o comen pan con mortadella desde el día 15.

Falsa popularity

Tu influencia se mide en la cantidad de seguidores y me gusta que tienes en tus perfiles en redes sociales. Sin ellos no eres nadie. No interesas.

No te creas nada. Se puede comprar.

Seguidores, me gusta, comentarios… Todo se puede comprar. Lo hacen famosxs y lo hacen perdedorxs. Hasta la persona más retrasada y con menor talento del mundo puede tener 100 000 me gusta en una foto.

Solo necesitas pagar dinero o gastar todo un día dando me gusta a publicaciones ridículas de otros anormales para conseguir algunos puntos. Eso puntos los usarás para dárselos a deficientes mentales  que los recibirán a cambio de dar me gusta a tus mierdas.

Y así, hasta el infinito. Pagarás o gastarás tu tiempo en conseguir puntos para dárselos a personas que den me gusta a tus publicaciones porque tu popularity está tan bajo cero que no te da me gusta ni tu madre.

Básicamente es un círculo vicioso infinito de anormales. Tú pagarás 8 puntos por recibir 1 me gusta. Y el anormal que dio me gusta recibirá esos 8 puntos para gastarlos en otra jilipollez.

Triste, pero cierto. Como la vida misma. No te puedes fiar de nadie, todxs pueden ser culpables, pero no te lo dirán. Tampoco te contarán qué decenas de páginas de seguidores utilizan.

Se callarán como putas.

E irán de artistas.

Servicios mínimos

Estás hasta la polla de mensajes, chats, grupos y payasadas. Y con razón.

Desde que se inventaron las aplicaciones de mensajería instantánea gratuitas, sumado a que las puedes instalar en un teléfono cochambroso de 50€, cualquiera te puede molestar a cualquier hora del día.

Estudias y trabajas, por lo que hay mínimo un grupo para cada actividad que realizas. No puedes escapar a que te incluyan en un jodido grupo de chat lleno de retrasados mentales cuyas vidas no te interesan una mierda.

Y así día tras día. Ves cómo se llena tu teléfono de notificaciones, que realmente no te notifican nada más allá de que conoces a demasiados anormales con poca vida. Postureo para arriba, postureo para abajo. Y lo mejor, es cuando te preguntan indignadxs si has visto el último “estado” de Fulanitx.

¿Creen de verdad que tengo tiempo para perder leyendo frases lastimeras de gente que ni conozco bien ni me interesa conocer? Si quiero saber algo de alguien, pregunto directamente a la persona afectada, no me pongo a elucubrar, suponer e imaginar cosas que no son. Suficiente tengo con mi propia vida como para estar al tanto de las penurias ajenas.

Y hay gente que vive así. Por y para los demás. No de manera desinteresada, sino como afición y único objetivo: la vida ajena. No sé si por falta de amistades o por tener una vida de mierda. La verdad es que da igual, seguirán haciéndolo.

Y es por esto que debes dar servicios mínimos. Todo se mide en tiempo, así que la operación es muy sencilla. Si algunas relaciones sociales no te aportan satisfacción personal, entretenimiento o dinero, deshazte de ellas o reduce el tiempo que les dedicas. La satisfacción personal, el entretenimiento y el dinero van y vienen, el tiempo solo se va. Y nadie te lo va a devolver, así que mira bien en qué inviertes el poco que tienes.

Mientras lees este blog descubres un poco más acerca de ti, de las relaciones sociales, del precio a pagar por tomar decisiones a diario y puede ser que hasta te entretengas. ¿Es una buena inversión? La verdad es que depende de cada uno. Si vas a aprender algo o, al menos, entretenerte, parece que sí. Imagina gastar 1 hora almorzando con alguien que no hace más que mirar la pantalla de su puto móvil. Hubiera sido más productivo pasear, hacer fotos o leer Dos Dramas.

Pues eso, servicios mínimos.